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Es pura locura dedicar todas las tardes a un pabellón, a luchar porque al equipo contrario se le caiga el balón. Muchas cosas hacen a este deporte increíble, pero lo que realmente me encanta es la gente con la que comparto esto, la gente que también lo encuentra divertido y está dispuesta a hacer estos sacrificios para lograr nuestros sueños todas juntas.

Es un gran esfuerzo, pero uno que hacemos todas, las mismas que vamos todas las tardes y que postergamos vida social y muchas veces también estudios, luchamos por lo mismo. Disfrutamos con lo que hacemos. Queremos divertirnos, y obviamente es más divertido ganar, así que queremos ganar.

Hay que desarrollar ciertas habilidades, tanto mentales como físicas. Además unas ganas tan grandes de ganar que te comerías el mundo, pensar que nada puede contigo, la garra está dentro, la furia contra el rival, las ganas de saltar y llegar más arriba que la contraria, defender ese balón que parece que ya ha botado, querer ganar esa jugada interminable. La rabia que te da cuando fallas, cuando sabes que podrías haber hecho algo más para ganar, pero no lo hiciste. La mente es lo primero, estás en la cancha, lo demás no importa, ni árbitros ni público. Tú, tus compañeras y la pelota. Encerradas en 81 metros cuadrados, compartidos entre 12 personas.

Uno de mis más preciados recuerdos fue hace cuatro años, cuando recibí esa deseada llamada telefónica, nunca había estado más pendiente de un aparato en mi vida. “Ana Muller Zommer ha sido convocada por la Selección Española para una concentración…” Gritos y abrazos familiares en el salón, llamadas a mi tierra natal, emails masivos, estados en Facebook y todo lo posible para que el mundo entero se enterase de la gran noticia.

Una concentración nacional es lo más divertido que existe, aquellas odiosas y enormes jugadoras tan buenas a las que te habías enfrentado son ahora tus compañeras, tus amigas. Y así vas teniendo casa en la que hospedarte en casi todas las Comunidades Autónomas.

De esta forma lo veía en ese entonces, cuando yo era un palillo largo, bastante patoso que iba a aprender todo lo que pillase por ahí. Nos machacaban para cambiar nuestra horrible técnica voleibolera y, poco a poco, ir transformándonos en jugadoras de voleibol un poco más decentes.

Ahora es diferente. Suena el silbato y el himno comienza, trompetas y tambores al ritmo nacional, todos en pie, la bandera en alto y nosotras sacando pecho, porque es nuestro país y son nuestros colores. Esos colores que todos aprendimos de pequeñas, parecían básicos, pero los miras ahora y ves otra cosa, horas de entrenamiento diarias, todos los días de la semana y más de un partido por fin de semana, más preguntas y frases como: “¿Para qué entrenas tanto?”, “¿Y no sales porque tienes partido?”, “Es sólo voleibol”.


La satisfacción es la primera recompensa, pero al ver esos colores en tu camiseta, esas medallas en la estantería del salón de tu casa, los abrazos infinitos cuando logramos la clasificación, caen lágrimas de felicidad. Y eso lo hace “sólo” el voleibol.

En realidad no son los mismos colores que aprendí a los cuatro años, los míos eran y seguirán siendo el celeste y blanco. Pero llegué a una tierra hermosa en la que fui recibida con los brazos abiertos: me acogieron, me formaron y, encima, me unieron a la Selección Nacional, así que hoy ya soy tan española como argentina. Mi bandera tiene cuatro colores.

En mi club es diferente, al mirarlo me orgullezco, no sólo del avance deportivo de cada una de las jugadoras y de los equipos, me orgullezco de cada padre que trae y lleva a cualquier niña del equipo, de los que están siempre al ritmo alcobeño desde la grada, también del ímpetu que ponen nuestros entrenadores para que nosotras aprendamos, de las ganas y la ilusión de todos, desde el primer instante, para que este club salga adelante, que aparezca de la nada y que estalle en las pistas. Vamos en buen camino. Es un club familiar y con buen feeling vayas donde vayas, deportividad y esfuerzo son nuestros estandartes.

Pasamos muchos momentos difíciles dentro de la pista, finales, semifinales y 3º y 4º puestos. Siempre estuvimos unidas, todas pensando en lo mismo, todas queríamos esas medallas, sabíamos que nos las merecimos, algunas nos las colgamos y otras no, pero la experiencia se queda y nos va a ayudar a seguir luchando.

Estamos ya en la liga y vamos a ir a comernos la cancha, a que todo nuestro trabajo se note, nuestro esfuerzo reflejado en el juego. Al grito de Alcobendas saldremos a la pista, a desafiar a cualquiera, a salir de lo inesperado y a disfrutar de lo que hacemos. Una mezcla de nacionalidades y personalidades unidas con una pasión común: el voleibol.

El Club Voleibol Alcobendas nos va a ayudar a crecer y formarnos tanto deportiva como personalmente, aseguro que de aquí saldrán buenas personas y buenas jugadoras. Con el voleibol no sólo he aprendido a jugar con el balón, sino también a esforzarme y ser constante, a ser responsable con mi equipo, a cuidarme y a cuidar a mis compañeras.

Gracias a este deporte y a las personas con quienes lo comparto, estamos haciendo algo importante.

 

De Noviembre de 2011